domingo, 23 de septiembre de 2012

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Sin razones razonables - Primera Parte -

- Estas cosas siempre pasan con razón o sin razón pero pasan... - elucubraba en silencio mientras intentaba entender todo lo que había pasado esas últimas semanas.

Llevaba días con una fuerte migraña, desenmarañando ese dolor tan agudo que le oprimía el pecho y quebraba el cerebro.

No entendía, no podía entender por qué el resultado siempre era el mismo, por qué todo acababa de la misma manera, como si un malicioso juego del destino le estuviera mareando una y otra vez.

- Las cosas no pueden ser tan perfectas y acabar de esta manera - pensaba mientras encendía un cigarro.

Esa tarde el frío era insoportable, e intentaba calentar sus manos dentro de unos gruesos guantes de lana. La simple idea de regresar a casa le daba escalofríos, y paseaba sin rumbo por las mojadas calles de Madrid.

Al llegar a Atocha  pensó en coger el primer tren, a dónde fuese, cualquier destino sería bueno, cualquiera que le alejase de allí, tal vez así las cosas cambiarían, empezaría de cero como cuando llegó a esta ciudad.

De nuevo la idea le atormentaba, sería otra vez lo mismo - estás cosas siempre pasan- se repetía una y otra vez, apurando las últimas caladas de su cigarro.

La vida a veces es incomprensible, mucha veces cruel, y la soledad se viste de luto los días de lluvia.

Intentaba encontrar algo de lucidez entre la maraña de recuerdos del último verano. Allí estaba ella, radiante, sentada en aquella terraza al lado del mar, dejando que la brisa peinara su frente, mientras leía un libro, sin más ganas que exprimir cada segundo de sol que le quedaba a esa tarde.

Él la observaba tras sus gafas, era tan evidente que la miraba mientras ella fingía posturas cada vez más tentadoras para él.

Finalmente, decidido se acercó a su mesa, no había rechazo posible, él lo sabía, sabía de la química y la atracción que había surgido entre ellos.

En apenas unas horas se habían contado media vida como si supieran que el destino está a la vuelta de la esquina y los segundos se van comiendo las horas a una velocidad de vértigo.

-¡Qué frío!- y un escalofrío recorrió su espalda dejándole paralizado en medio de la calle.

Rozaban las diez y la lluvia empezaba a calarle los pantalones, no sabía dónde ir, si acaso a ese bar de mala muerte que hacía esquina.

Acostumbraba a beber demasiado, aunque para él siempre demasiado era poco, y a comer poco, de ahí esa delgadez que dejaba entrever las costillas tras la camiseta.

Esa noche ni el ron, ni el bullicio del bar, ni el tabaco calmaban su ansiedad.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Letras pasadas

Descubro que el amor se me escapa entre los dedos,

que mi alma rota por tu inconsciencia

me desgarra las entrañas del recuerdo.

Te creí, bebí tus palabras, tus caricias, tus besos,

recreando un futuro contigo,

enalteciendo esa esencia que éramos tú y yo,

ese espejo paralelo que se cruza y tu no entiendes.

Tu quisiste traspasar la puerta,

beber el amor que te ofrecí para escupirlo al tiempo

como si fuera el veneno que condenaba tu vida.

Yo te quise,

libre o con cadenas de otras manos,

pero te quise...

Cerré los ojos tan fuerte

para soñarte un mundo perfecto

que no vi la fortaleza  donde atrapaste mi ilusión.

Perdida, busqué mil formas  de trepar hasta tu cuerpo

con intención de abrazar tu alma,

y encontré solo la piel y ese deseo que nos llevaba

a la intersección perfecta,

de tu cuerpo y el mío...

pero mi alma se iba rompiendo

con cada beso que negabas haberme ofrecido.

Tal vez formaba parte del sueño...

Ahora me toca recomponer

los pasos que anduve hacia atrás buscándote,

para no mirarte de frente

y tropezar contigo

en la misma ruina de tu miedo,

tu soberbia y ese orgullo

de narciso enaltecido.



viernes, 14 de septiembre de 2012

Ausencias

Las sombras se prolongan y serpentean tras mi espalda, colándose por las rendijas de mi aguijoneado corazón. Hacen cruces que imploran perdones y se retuercen trazando formas imposibles y aterradoras.
 
Desde que te fuiste, no han vuelto a emocionarme las puestas de sol, ni el rumor del mar me estremece con su roce entre las rocas.

Un algo, que ya ni entiendo, arrancó las mil razones que a todo daban sentido.
 
Nunca fue fácil amarte, nunca se aprende a amar a quien no quiere que le amen...
 
Las sombras se expanden y siento las frías manos de la desolación acariciándome el rostro sin compasión.
 
Nada llena este vacío de no amarte, de quererte tan lejos, de echarte de mi mente sin tenerte.

A veces, con la luz del día se disipan las sombras, y simulo una alegría adormecida que apenas me deja pensar.

Las sombras de la noche son las peores, me acechan, se tornan pesadillas si cierro los ojos e intento evadirlas.

Hace lustros que no sueño, y si sueño lo hago despierta, evocando emociones pasadas y regodeándome en ellas.

Las sombras me rodean, me astillan el alma con el paso de un tiempo interminable.