jueves, 9 de agosto de 2012

LA LIBERTAD DE ESCRIBIR de Carlos Pujol

Cada uno es libre de escribir lo que quiere, cuando quiere y como puede... Yo no voy a dejar que la "censura", crítica y opinión de otros vuelva a hacerme sentir mal y por ello deje de escribir una vez más... Si alguien se siente aludido por algo de los escritos, tiene varias opciones: no leerlo, no sentirse protagonista o tomárselo con orgullo. No todo lo que se escribe es real y por supuesto nunca será todo ficción... cuando escriba lo haré partiendo de mis vivencias, de lo que he visto o lo que he imaginado. TODO tiene varios puntos de vista, lo que yo escriba será el mio combinando realidad, ficción y lo que se me ocurra.
Gracias a los que lo leáis, os guste o no... No pretendo más que escribir... (Marta)


LA LIBERTAD DE ESCRIBIR

Carlos Pujol
A nadie le gusta la censura, y los que no nacimos ayer recordamos una multitud de anécdotas tragicómicas vividas en España no hace demasiado tiempo; pero es indiscutible que la gran literatura de todos los siglos se ha hecho en medio de una fuerte coacción social: Virgilio, Cervantes, Shakespeare, Baudelaire o Dostoievski escribían bajo la vigilancia de unas autoridades quisquillosas y severas, y además para un público timorato y lleno de prejuicios.


Así es, la libertad mantiene extrañas relaciones con la literatura; a menudo se escribe a la sombra de una causa, se depende de las consignas de un periódico o de un patrón, o las circunstancias históricas hacen imposible la ecuanimidad y el privilegio de poder decir lo que se quiere como se quiere. Si sólo aceptáramos escribir en estado arcádico de absoluta independencia las letras humanas hubiesen sido un interminable silencio.


En buena parte uno escribe como le dejan o se dedica a otros menesteres no tan comprometidos, pues todos sabemos que por la boca muere el pez, y a veces lo de morir no es una metáfora; siempre es deseable mayor libertad –aunque los que mandan no opinan así–, pero hay que manejarse con la que se dispone, y sobre todo, ya que la de fuera es difícil de ensanchar, extender al máximo la de dentro.

Ser libre asusta, nos deja solos con nosotros mismos, y tienta la sumisión, como depender del éxito –vendo, luego existo– o, más grave aún, estar a merced del qué dirán, aunque no signifique más que palabras. ¿Compran o no compran, gusta o no gusta a los que al parecer entienden? Éste ya es un oficio que se las trae, sólo falta tener que desempeñarlo con encogimiento y servilismo. No hay que escribir para ser alguien, si no se es alguien, mejor que no se escriba.
Claro que somos humanos, que nadie vive el aire y que es mucho pedir una impasibilidad estoica o de sabio oriental; pero conviene recordar que la desaprobación o indiferencia de los demás no aniquila, como su entusiasmo tampoco mejora en nada lo que hemos hecho. El que escribe echándole un poco de humor acepta su elegido papel solitario con dudas, que son su aguijón y su agridulce compañía, inseparable de cada página. Entonces escribir puede ser un acto de libertad.

sábado, 4 de agosto de 2012

Nueva versión de La verdadera e increíble historia de Catalina - Parte I


-I-

     Catalina estaba hecha a medias, entre dos polos enfrentados. Por cualquiera de los poros de su piel o de su intelecto se respiraba esta insostenible dualidad. Siempre creyó ser mártir o divina, monja o libertina, intelectual o artista, aritméticamente perfecta o matemáticamente imprecisa, heterosexual o lesbiana, siempre en la derecha y acérrima izquierdista... Así era la pequeña Catalina.

     Catalina aprendió a llorar ya adolescente, de niña era siempre una sonrisa, todos pensaban que era un milagro, la retrataban como si fuera una muñeca, decoraba cada rincón de la casa y la llenaba con sus gracias y monerías.


     Virtuosa economista siempre odió su profesión, a la pobre la obligarón a estudiar pero ella iba para monja, mártir o misionera. Ya ahí se quebró su camino, entre dudas y mareas. Ella quería escribir y ser bohemía y la transformaron en niña pija, consentida y extremadamente moderna. Cuando tuvo derecho al voto, se sintió orgullosa al fin, pensaba en ser de izquierdas pero su madre le preparaba las papeletas, la metió en la juventudes, la enchufó en una empresa del Estado y la promocionó entre su círculo de amistades más elitistas de Madrid.

     Tras su aparente fachada de perfección y felicidad, Catalina lloraba cada noche, se encerraba en su habitación decorada con los bocetos de sus sueños más ocultos, llenando los espacios con su colección de música de melómana empedernida.

     Empezó a rebelarse cuando dejó a su novio, ese chico, alto, guapo ¡perfecto! que su madre con tanto ahinco buscó para ella, ese que la dejaba plantada y la corneaba cada fin de semana en su propia cara. Se buscó a un guapo francés, con la esperanza oculta de que la sacara de su casa y la llevara muy lejos. Ella lo reconocía, no le aguantaba, pero necesitaba aparentar una ídilica cordialidad para conseguir su objetivo, alejarse de todo y vivir tal como ella siempre había soñado. El pobre francés venía de una familia humilde, sin apenas recursos... y en casa de Catalina no era bien visto, aunque le aceptaban en las cenas de Navidad, ya que el proyecto de Catalina se alargaba en el tiempo por su falta de valor y ese no saber hacer las cosas sola.

    Pero el catastrófico día llegó, Catalina lloró en público y se empañó la armonía de su hogar, ya no era pefecta, ni era tan idílica, lloró por desamor y empezó su larga andadura, y la dura lucha entre su fachada y su verdadero yo.
     La vida se hacía monótona y Catalina decidió buscar nuevas experiencias. Y es aquí dónde comienza la verdadera e increble historia de Catalina.